La que salva, la que pierde o la que condena

Iris Ailed Ronzón Montalvo

3:00 am

Era una noche fría por las calles de Coyoacán, México. No había ni un alma por esas calles que en el día estaban siempre llenas de vida. Eran como panteones a las tres de la mañana y los únicos seres que se pueden encontrar a esa hora serían brujos, sectas o personas haciendo rituales a seres no muy amigables que digamos. Sin embargo, no estás en un panteón, sino en la calle y sólo te topas con borrachos o personas sin hogar que buscan refugiarse para no morir de hipotermia gracias al frio extremo que hace por allí. Por una extraña razón, tú no sientes el frio, y te extraña ver a las personas temblar con cara pálida y orejas y nariz heladas, pero que tú no, y lo más extraño es que pasas junto a ellos y te ignoran.

Es normal, piensas. ¿Por qué saludarías a un extraño a las tres y media de la mañana?, solo que fueras muy amigable o que quieras que te secuestren y no vuelvas a ver a tu familia nunca más, hasta que encuentren tus restos a mitad de una carretera muy poco transitada.

Decides olvidar ese pensamiento y seguir con tu camino, pero… ¿para dónde ibas?, ¿siquiera vives por ahí? Ya no sabes adónde vas, simplemente te detienes en una banqueta que da a varias calles (a tres para ser exactos), todas poco iluminadas por un viejo poste de luz a punto de caer. Eliges ir a la tercera de izquierda a derecha, dicen que la tercera es la vencida, ¿no? Caminas para quedar frente a la calle que elijes, es aterradora, sientes un escalofrío recorrerte la espalda, pero decides entrar. Lamentablemente, tu celular quedó muerto en el camino, no puedes prender el flash de la cámara ni llamar a la policía si alguien intentara hacerte daño (o por lo menos a tus familiares para despedirte). Te pides dejar de pensar en tonterías, pareces un niño pequeño al que sus padres lo mandan a apagar la luz de la cocina después de ver una película de terror, que juega a apagar la luz y salir corriendo despavorido a su cama para taparse hasta la cabeza.

Continúas caminando en dirección al poste viejo y débil, pidiendo a Dios (o a quien fuera) que no te caiga encima. Llegas, la calle se parte de nuevo en tres, ahora con una al frente, una a tu derecha y una a tu izquierda, decides tomar la derecha de nuevo. Algo te dice que el centro de Coyoacán es en esa dirección. Tal vez, con la adrenalina de caminar en la oscuridad, tus sentidos de supervivencia se agudizaron. Caminas en esa dirección y gracias a Dios te supiste ubicar bien. Llegas al centro, extrañamente no hay un bar ni ningún comercio abierto, te preguntas de dónde salieron esos borrachos entonces, pero no le das muchos rodeos al caso.

Sigues sin recordar adónde ibas. La mejor idea es quedarte a dormir en una banca del parque y esperar a la mañana. Te acuestas en la más cercana a un árbol que tal vez te proteja del frío, a pesar de no sentirlo, no quieres pescar un refriado o en peores casos una hipotermia.

5:30 am

Escuchas un ruido que parece un gruñido de oso, león, tigre, incluso un cocodrilo (no es como que seas experto, pero al fin esos programas de animales salvajes que ponías en la tele, cuando solo veías Tik Tok, por escuchar un poco de ruido, rendían sus frutos). Te levantas como puedes de la banca y corres sigilosamente detrás de un arbusto. Ves a un hombre viejo con sombrero y ropa desgastada llegar del otro lado del parque, te ríes mentalmente de lo infantil que puedes llegar a ser. Estás a punto de salir de tu escondite cuando notas un detalle en el viejo, un detalle que te hizo querer gritar, llorar e incluso tal vez orinarte encima del miedo: ¡una cola color rojo con pequeñas escamas y terminación puntiaguda! ¿Cómo se supone que debes de reaccionar ante esto?

El hombre camina en tu dirección, te aterras, no sabes quién es o, mejor dicho, qué es. Intentas correr, pero no puedes, te paralizas en tu lugar y lo único que logras es cerrar los ojos fuertemente. Escuchas los pasos del hombre llegar justo en frente de ti y con una voz fuerte te dice:

-Buenas noches, mortal, mi nombre es Satanás o Diablo, como gustes llamarme, no me importa. Soy el encargado de llevarte al infierno. Los tontos e inútiles de mis sirvientes no son lo suficientemente listos como para atrapar a un tonto mortal como tú -dijo el diablo con una expresión asqueada que lograste ver cuando por fin abriste los ojos.

-No voy a esperarte. Levántate inútil, que todavía tengo mucho que hacer- gruñó jalándote del brazo. Forcejeas un momento, pero su fuerza, a pesar de parecer un anciano, es impresionante.

Te lleva de nuevo a las calles del principio, enredándote y dejándote con un gran dolor de cabeza. Cuando por fin te das cuenta de lo tonto que has sido, las primeras calles con las que te encontraste tenían un nombre, que por una razón o muy tonta o mágica no viste, los nombres eran: Infierno, Vagar y Cielo.

Ahora todo tiene sentido, elegiste mal, elegiste ir al infierno. Se te dio la oportunidad de ir o al cielo o vagar por la tierra como un fantasma. Ahora entiendes por qué las personas te ignoraban y no sentías el frio: estás muerto, y lo más triste es que no sabes cómo moriste. Eso no importaba ahora, tu destino está marcado y nada te salvará de ello.

El diablo, aún jalándote del brazo, te lleva hasta una pared de piedras desgastadas en la que se abre un portal con fuego alrededor, desde ahí logras escuchar los aullidos de lamentos desgarradores. Satanás, sin más, te avienta dentro del portal y así es como termina esta historia, contigo condenado en el infierno.

Tal vez la mejor opción a veces es esperar y no precipitarse. No te queda más que aconsejarle a quien lea tu historia que tenga cuidado al caminar por las calles de Coyoacán, y elija bien las calles que recorrerá.

Obra: Ash, Amelí Herrera Gómez

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