Lucía Valenzuela Bonola

La Maravilla caminaba con un porte de seguridad, elegancia y poder. Un poder que la inunda y la cubre, que cubre su alma y su mirada. La bella es tan delicada que, sin nada, cayó mi espada y generó que me mirara; volteé la mirada para no ser observada, traté de no verle la cara y así no me analizara. Caminando por el pasillo, algo apresurada cuando con metálico sonido: la habitación estruenda. Fue su espada, una Katana, la creadora del sonido que retumbó como una campana en nota do. El verla es un añoro y el estar junto a ella un tesoro; uno que se vuelve martirio si la vida nos une, sólo en la mente es correcto mirarla a los ojos porque aquí el hacerlo es como un negro tizne.

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