Hoy, hoy era el día. Un rechinido largo y oxidado rompió el silencio cuando la reja del antiguo cementerio se abrió lo suficiente para dejar pasar dos sombras. Se escabulleron entre las lápidas torcidas, el polvo acumulado y los nombres olvidados que el tiempo había ido borrando poco a poco.
Caminaron en silencio entre mausoleos agrietados y estatuas cubiertas de musgo hasta encontrar un rincón apartado donde la luna apenas se filtraba entre los árboles muertos; allí ella se sentó sobre sus piernas.
Sus lágrimas corrían en silencio, abriendo grietas en su maquillaje blanco, como si su rostro fuera una máscara de porcelana quebrándose lentamente.
Lo abrazó con fuerza, hundiendo la nariz en su hombro. “Odio… odio que tengamos que hacer esto”, murmuró con la voz quebrada. Él la rodeó con los brazos sabiendo lo cruel que sería lo que vendría.
Pasaron unos minutos que parecieron horas; finalmente se escuchó el cierre de su mochila abrirse. Metió la mano dentro y rebuscó un momento hasta encontrar lo que buscaba. Sacó un puñado de pastillas y dejó caer unas cuantas en su palma. Ella lo miró con los ojos rojos e hinchados. “Debe haber otra forma; siempre hay otra manera”, dijo en un susurro; pero ambos sabían la verdad. Él cerró los ojos y apretó el puño con fuerza, luego se miraron en silencio, inclinándose para darse un beso pequeño en la comisura de los labios, frágil como una despedida que ninguno quería pronunciar.
Tragaron las pastillas con los ojos cerrados; después se acurrucaron entre las tumbas, esperando lo inevitable mientras el frío comenzaba a recorrerles el cuerpo y la sensación de la vida se iba apagando lentamente.
Cuando ella volvió a abrir los ojos… seguía en el cementerio, pero algo estaba mal. El aire era pesado, espeso, como si cada respiración estuviera llena de polvo antiguo; murciélagos giraban en círculos sobre su cabeza chillando entre las ramas secas.
“Mi amor… mi amor…”, repetía en voz baja mientras jugaba con su collar con ansiedad; miró a su lado y no vio el cadáver de su novio.
Alzó la mirada, un par de gárgolas la observaban desde lo alto de un mausoleo con ojos verdes como esmeraldas podridas antes de desplegar alas de piedra y desaparecer en la oscuridad. Caminó con cautela entre las tumbas, cada paso resonaba demasiado fuerte. Comprendió pronto que ese lugar ya no era su mundo, pero tampoco parecía el cielo ni el infierno, tal vez algo peor, un punto intermedio donde las almas quedaban atrapadas.
Caminó durante lo que parecieron horas dando vueltas entre las mismas lápidas hasta que vio algo que juraría no haber visto antes; una pequeña capilla vieja.
Subió lentamente los escalones. Antes de tocar la puerta, esta se abrió sola con un crujido profundo que resonó como un lamento en todo el cementerio y la empujó hacia atrás, haciéndola caer al suelo.
Cuando recuperó la compostura abrió los ojos; lo primero que vio fue cuatro siluetas colgando del techo. “¿Qué quieres, humana?”, resonó una voz en toda la capilla; una de las figuras giró la cabeza ciento treinta grados hacia ella. “Se ve como una de nosotras”, dijo otra silueta; la cuarta descendió lentamente del techo con ojos rojos como sangre fresca y piel pálida como nieve muerta. “Seguro viene con el otro humano”, dijo la figura de la derecha. Ella tragó saliva; “¿otro humano? ¿han visto a otro humano por aquí?”, preguntó con las manos temblorosas. “Sí; ese humano ruidoso y pequeño”, respondieron los tres al mismo tiempo. Su corazón dio un salto. “Te podemos llevar con él”, dijo la silueta del centro con una voz extrañamente tranquila. “Sí… sí, por favor”, respondió ella cayendo de rodillas mientras sus lágrimas golpeaban el suelo de piedra; pero en el segundo que apartó la mirada las tres siluetas ya estaban detrás de ella. “Bien, te llevaremos con él; pero nada es gratis”. Sus manos desgarraron la tela de los hombros de su vestido negro; en el siguiente instante clavaron sus colmillos, uno en el hombro derecho, otro en el izquierdo y el tercero en su yugular. El grito que soltó rasgó el silencio del cementerio; sintió cómo la sangre escapaba de su cuerpo mientras el mundo se volvía borroso. No se defendió, no se resistió, solo pensó en su amado mientras perdía el conocimiento.
Despertó segundos después en el suelo, ya no había marcas de las mordidas. A su derecha el vampiro más viejo abrió los ojos; su rostro estaba arrugado como papel seco y sus ojos hundidos la miraban con calma. “Detrás de ese lugar está lo que tanto buscas… o tu perdición”, murmuró señalando hacia la oscuridad. Ella se levantó como pudo.
Al cruzar el umbral el cementerio había cambiado. Ahora era un bosque muerto; el aire olía a putrefacción y tristeza. Apenas dio unos pasos cuando vio tres siluetas pequeñas entre los árboles; parecían niños. Se acercó entre unos arbustos y entonces vio algo que le revolvió el estómago: un hombre con el pecho desgarrado, su corazón latiendo al aire y sus pulmones funcionando sin la piel del rostro, solo músculos expuestos y ojos moviéndose como centinelas desesperados. Apenas pudo vomitar cuando dos manos pequeñas tomaron las suyas; las niñas la arrastraron con una fuerza sobrehumana durante kilómetros.
Pasaron árboles con caras, cuervos devorando gente, gente devorando cuervos vivos, ramas que la tocaban como dedos; finalmente la soltaron frente a un pequeño altar dedicado a la Santa Muerte. En él una mujer estaba arrodillada rezando; ella se acercó con cautela, curiosa y temblorosa. La mujer volteó; era su abuela, la misma que murió cuando ella tenía diez años. Algo dentro de ella se rompió. Pero entonces a la anciana le crecieron alas de murciélago y colmillos de vampiro. “Maldita sea… tú no…”, dijo con la voz quebrada. La criatura se lanzó contra ella; forcejearon, se rasguñaron y se elevaron hasta el cielo oscuro antes de caer entre las ramas. Finalmente ella logró sacar la pequeña navaja escondida en su collar; desgarró una de las alas de la criatura y ambas cayeron en picada hasta estrellarse contra el suelo. El cuerpo de la criatura crujió al romperse los huesos; entonces volvió a tomar la forma de su abuela, dulce y frágil como la recordaba. “Mi amor… sé que tú nunca me harías daño; suelta ese cuchillo y vámonos a casa”. Ella lloraba sin control mientras las lágrimas caían sobre la blusa blanca de la anciana; pero sabía que esa cosa no era su abuela. Apretó la navaja con todas sus fuerzas y la clavó en su pecho una y otra vez mientras gritaba y lloraba desesperada; la criatura se retorció antes de pudrirse como fruta abierta.
Ella se levantó tambaleándose; caminó unos pasos más y entonces lo vio. La salida del panteón. En la entrada estaba su amado; playera verde y pantalones grandes. “¡Mi amor, mi amor!”, gritó desesperada mientras corría hacia él; intentó tocarlo, pero su mano atravesó su cuerpo como si fuera humo.
Él no la veía; no la escuchaba. Intentó otra vez; nada. Entonces comprendió la verdad. “Maldito… no estás muerto…”. Cayó al suelo golpeando la tierra con el puño cerrado. “¡MALDITO, NO ESTÁS MUERTO!”.
Lloró hasta quedarse sin aire; entonces la tierra comenzó a moverse. Manos negras surgieron del suelo y la sujetaron de los brazos y las piernas, jalándola hacia abajo; esta vez no luchó, no gritó, no se resistió. Solo cerró los ojos mientras era arrastrada hacia la oscuridad, aceptando el viaje hacia su futuro incierto; y así terminó… esta maldita cita en el cementerio.
Lucio Montoya


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