El último de los cometas

Maru Uribe

Estaban ocurriendo muchos sucesos de los que Cameron no sabía. Ya habían pasado muchos meses en el que veía a sus amigos de la escuela irse y no volver. Sus padres le comentaban que era un proceso natural, cuando un cometa está listo para viajar al sol se desprende y es cuando vemos sus hermosas colas de polvo de estrellas.

A Cameron no le importaba eso, le gustaba que sus amigos cumplieran con su propósito, pero también le gustaba jugar con ellos, y si se seguían yendo, ya no habría nadie con quien jugar. Así estuvo mucho tiempo, hasta que llegó la gota que derramó el vaso: sus padres simplemente se fueron. Sabía que los cometas orbitarían cuando estuvieran listos, pero no sabía que sus padres harían lo mismo. Así que tomó una decisión. Estuviera listo o no, iría a buscar a su familia, inclusive llegaría al sol mismo si eso era necesario.

Empacó lo que creyó que podría necesitar y se embarcó en la aventura más peligrosa en su vida, mucho más que aquella en la que viajó veinte años hasta volver a su hogar en el Cinturón de Kuiper. Cuando estuvo seguro de no olvidar nada, decidió partir directo adonde fuese que sus padres y amigos estuvieran. Pasó por la casa de sus abuelos, quienes se habían ido hace muchos muchos años; pasó por la escuela, el parque, incluso por el supermercado, y se dio cuenta que no había nadie, no había otro cometa ahí. Cameron supuso que estarían por ahí, no le dio importancia y se fue.

Estaba muy entusiasmado por llegar con su familia, pensó que podrían hacer un picnic en algún lado cuando los encontrara, hasta llegó a pensar que podría encontrar a sus abuelos, al fin y al cabo, se habían ido al mismo lado, ¿no? Paso por muchos planetas. Buscó cerca de un planeta diminuto, del que incluso dudó que fuera uno. Pensó en acercarse a él, pero se veía un poco gruñón, a diferencia de uno color azul brillante, con el que sí decidió hablar, al menos para saber si había visto pasar a alguien. Para su fortuna, sí, el planeta le comentó que habían pasado algunos cometas que sí tenían una cola, no como él, que aún no la obtenía. Cameron se emocionó, sabía que habían pasado por ahí, así que debía seguir buscando. Pasó junto a más planetas hasta llegar a uno con unos anillos enormes. Se sintió un poco intimidado, pero se armó de valor para acercarse. En eso, sintió una fuerza que lo jalaba hacia los anillos. Intentó salir con todas sus fuerzas, pero no podía ir hacia el otro lado; estaba atrapado en los anillos. Mientras más se acercaba, veía que los anillos eran rocas, pero ninguna conocida. Se asustó e intentó con todo su ímpetu salir, pero no pudo, se dio por vencido y dejó que los anillos lo absorbieran. Entonces escuchó una voz, la del planeta, platicaba con un asteroide de sus anillos.

Imagen: Cometa/ Internet

—Aquí llegó otro de esos cometas, ya perdí la cuenta de cuánto se estrellan en mis anillos

—Hace un tiempo llegaron muchísimos en una bola, algo debió pasar. Aquí es un cementerio de cometas —ambos se soltaron a reír.

Cameron se asustó y recordó que no había nadie en su ciudad. Se dio cuenta que estos cometas eran los de su ciudad. Él era el último, ya no había nada que hacer, no habría picnic, no habría encuentro con sus abuelitos, ya ni siquiera tuvo la oportunidad de tener su propia cola brillante. Se dio cuenta que se había acabado todo. Él fue el último cometa.

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