Lorena Itzae Alarcón
Henry tenía 14 años y era hijo único. Su vida era silenciosa, rota y oscura. Durante el día caminaba por el barrio con su cuaderno y sus dibujos, como cualquier chico. Pero por la noche, su mente se llenaba de voces que susurraban, sombras que se arrastraban y figuras que nadie más podía ver. Las drogas eran su única manera de callar el ruido, aunque solo por un instante.
Un día, cansado de un mundo que nunca lo escuchaba, decidió que las palabras ya no servían: se cortó los labios y se vendó la boca.
La sangre se convirtió en su único lenguaje, y con cada gota que caía, las voces en su cabeza se multiplicaban, creciendo en fuerza y malicia.Los vecinos empezaron a notar cosas extrañas: golpes secos en las paredes, risas apagadas que parecían salir de la nada, sombras moviéndose por la casa como si tuvieran vida propia. En su habitación, los espejos reflejaban figuras deformes que se acercaban lentamente, y los dibujos de su cuaderno parecían extender sus manos hacia la realidad.
Una noche, su madre entró, temerosa por los ruidos y el olor a hierro. Lo encontró sentado en el suelo, vendaje manchado de sangre fresca, rodeado de pastillas, botellas y dibujos grotescos. Sus ojos vacíos seguían algo invisible, y de su boca goteaba un hilo rojo.De repente, Henry se levantó. Las sombras de la habitación cobraron vida, arrastrando muebles, rasgando cortinas, envolviendo paredes y suelos en un caos de oscuridad. Las voces en su cabeza se convirtieron en gritos que resonaban con fuerza inhumana, mezclándose con los sonidos de la habitación. La sangre brotaba de cada esquina: de sus labios, de sus manos, incluso de los muebles, como si el dolor y la locura de Henry se hubieran materializado.Su madre gritó y trató de escapar, pero fue arrastrada por la fuerza de algo que no podía ver ni entender. Henry reía, un sonido tan humano como monstruoso, mientras las sombras lo rodeaban, lamiendo la sangre, abrazando la locura que emanaba de él.
Al amanecer, la policía encontró la casa vacía. Solo había charcos de sangre seca que parecían latir, muebles destruidos y el cuaderno de Henry abierto en la última página. Allí estaba él, dibujado otra vez, vendado, rodeado de sombras humanas que parecían salir del papel. Y debajo, escrito con un rojo vivo que casi parecía moverse:“Mi silencio se comió todo… ahora sentirán lo que yo callé.”
Desde entonces, nadie volvió a entrar. Los que lo hicieron juraban sentir un frío que atravesaba la piel, murmullos que llamaban sus nombres y sombras que respiraban. Nadie volvió a ver a Henry… pero su silencio, su locura y su sangre seguían allí, esperando. Esperando que alguien más pagara el precio de las palabras no dichas.

Imagen: Freepik

Deja un comentario