La entrada al Infierno

Lorena Itzae Alarcón Islas

En el pueblo de Ravenswood, donde la oscuridad parecía tener vida propia, corrían rumores de una antigua mansión que albergaba las locuras del diablo. La gente del pueblo evitaba acercarse a aquel lugar, ya que se decía que el mismo Satán había puesto su marca ahí.

La mansión estaba rodeada de un bosque denso y negro en el que el olor a muerte y descomposición impregnaba el aire. En el centro del bosque, una estaca de madera podrida se erguía hacia el cielo como si fuera un dedo acusador hacia las almas condenadas.

Una noche, un grupo de amigos decidió explorar la mansión y desentrañar sus secretos. Al entrar, se encontraron con una oscuridad tan pesada que parecía tener vida propia. De repente un grito asesino y desgarrador resonó en el aire y la sangre comenzó a manar de las paredes.

Los amigos intentaron huir, pero las puertas estaban bloqueadas por una fuerza invisible. La sangre comenzó a salir de sus propias venas, ellos se dieron cuenta que estaban condenados a sangrar por culpa del diablo.

En ese momento, una figura negra surgió de la oscuridad: era Satán en persona con ojos que brillaban como carbones encendidos. Los amigos intentaron suplicar por su vida, pero el demonio simplemente se rio y les dijo: “Aquí, la sangre es el precio de la entrada al infierno”.

Los muchachos desaparecieron en la oscuridad para nunca más ser vistos. La mansión quedó en silencio, esperando su siguiente víctima.

Amelí, Freinet

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