El Director C.

Diego Gutiérrez Pérez

Ricardo era un muchacho que tenía una gran afición por las cosas paranormales y excéntricas. Un día que estaba en la escuela, decidió ir al salón vacío en el que habitualmente se reunía con sus amigos. Juntos habían explorado toda el aula, excepto el escritorio del profesor. Ese día les dio curiosidad por saber qué contenía.

Todo lo que habían esperado estaba ahí: reglas, plumones y libros viejos, etc, nada fuera de lo habitual, hasta que un cajón con candado llamó su atención pues la cerradura era extraña, desigual. Una sensación se apoderó de Ricardo, era muy raro, como de somnolencia. De repente, todo se nubló de un color negro azulado y a lo lejos se escuchó un zapateo, pero no uno normal, sino siniestro, uno que ya había escuchado antes… ¡era el zapateo del director de la escuela!, una persona atroz y sin sentimientos al que, por fortuna, pocas veces veían en los pasillos.

La neblina desapareció y la oscuridad se disipó. Ricardo volvió a oír la voz de sus amigos, sin embargo comenzó a respirar rápidamente asustado. Había escuchado historias como las de Nosferatu o Drácula, pero ninguna le había dado tanto miedo como aquel extraño trance.

Después del día escolar, cuando todos se habían ido, Ricardo recordó una oración que había escuchado en su trance anormal, como un siseo, que lo hizo regresar al salón abandonado.

Ya ahí se escuchó un aterrador graznido de urraca y un ruidoso estruendo, acompañado de un relámpago, marcaron la aparición de una silueta…

Una cobra gigantesca entró al aula, rasgando con la piel reseca de su cola una de las paredes. Poco a poco la silueta comenzó a modificarse hasta convertirse en un hombre que posteriormente entró en el salón abandonado y sacó una llave desigual, se escuchó una risa macabra y otro relámpago le cegó la vista a Ricardo.

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