Rodrigo Campos Álvarez
Había una vez, en una tierra muy lejana, una aldea minera dedicada a la búsqueda de cristales preciosos.
Un día, en medio de una excavación, los aldeanos mineros se encontraron con un gigantesco cristal en una enorme gruta. La avaricia se apoderó de ellos y se llevaron al centro de su pueblo aquel colosal cristal.
Al colocarlo en el centro, emanó de él una luz color azul, causando a los habitantes del pueblo admiración. Al llegar la noche, el efecto de la luz no les permitió dormir.
Al día siguiente, el cristal irradió una luz color roja, lo cual provocó a los habitantes del pueblo un cambio repentino de humor, esto trajo caos y violencia.
Día tras día, la situación iba empeorando. El contacto con la piedra le causaba a los pobladores enrojecimiento de la piel, caída del cabello y quemaduras.

Hartos de la situación, decidieron acudir al Gran Mago, quien les preguntó cuando empezaron a surgir todas estas enfermedades. Ellos, movidos por su enorme ambición, decidieron mentirle al Gran Mago.
El Gran Mago solo les recetó unas hierbas medicinales.
Los mineros, felices y contentos, pensaron que ya habían puesto fin a sus problemas, regresaron al pueblo, y realizaron con exactitud lo que el Mago les había indicado.
El pueblo minero vivió en paz por unos pocos días, hasta que los males regresaron con más fuerza que nunca. Incluso algunos aldeanos se quedaron completamente ciegos; otros, calvos. Lo más extraño de todo fue que los mineros que encontraron el cristal, un mal día, desaparecieron.
Las mujeres más sabias del pueblo, cansadas de todos estos males, salieron en búsqueda del Gran Mago para poder encontrar una forma de salvar a los mineros. Cuando llegaron a él, volvió a preguntar qué es lo que habían hecho. Pero, ahora, las mujeres cegadas por su ambición, negaron saber.
El Mago se quedó mirándolas fijamente, hasta que explotó en rabia, y, exaltado, preguntó nuevamente, el qué es lo que habían hecho, puesto que esos males no salían de la nada.
La mujer más sabia de todas reveló el gran secreto: el cristal que tanto recelaban. El Mago les explicó que aquella joya que ellos tenían, y que no había desatado su ambición, era nada más ni nada menos que el Cristallum Spectrum Malignus, una piedra maligna que irradiaba algo que, actualmente, conocemos como radiación. Le explicó que para librarse de él, debían de regresarlo a su lugar de origen. Las mujeres regresaron lo más pronto posible al pueblo. Tomaron la piedra y la cargaron con la intención de regresarla a la mina de donde había salido. Al llegar a la mina, se percataron que el cristal se había tornado verde. No encontraron a nadie, solamente estatuas aterrorizantes. Una mujer observó que una de estas tenía una pala como las que se usan en las minas de cristal. ¡Eran los hombres petrificados! Al darse cuenta de ello, observaron sus propias manos, vieron como poco a poco se transformaban en piedra.

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