Rodrigo R. Campos Álvarez.

La pobreza no viene por la disminución de las riquezas, si no por la multiplicación de los deseos.
Platón
La pobreza es una palabra compuesta por el término “παῦρος” que significa poco o pequeño, por lo que podemos definirla como el número de carencias que tiene una persona (rezago educativo, acceso a los servicios de salud, acceso a la seguridad social, etc.). La pregunta, sin embargo, persiste: el pobre, ¿es pobre porque quiere o simplemente no tiene la oportunidad de superarse?
Desde el punto de vista religioso, la pobreza es un símbolo merecedor de la vida eterna, que hoy en día se ha vuelto más bien una “decisión mala”, que es juzgada por medio de la meritocracia. Por otro lado, la meritocracia es un término proveniente del latín merĭtum, “debida recompensa”; a su vez mereri, “ganar y merecer”; y el sufijo –cracia, del griego krátos (“poder o fuerza”); por lo que podemos definir a la meritocracia como el sistema de gobierno u organización en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales.
La meritocracia y sus acólitos creen tener el derecho de opinar de forma despectiva de aquellos individuos que no tienen las mismas oportunidades que ellos tienen. La meritocracia, he de aclarar, no solamente funciona en el sistema de gobierno, sino también en el mismo sector educativo, donde el que más sobresalga del resto puede alcanzar mejores oportunidades laborales, así como calidad de vida; conformando otro bloque de aquellos que forman parte de la «sociedad del esfuerzo».
Esta frase ha resonado durante los últimos años por la considerada “élite”, misma que cree que aquellos que sufren de carestía o falta de recursos simplemente desean permanecer en ese estilo de vida por el simple hecho de que es más fácil vivir sin estudiar y sin complicarse la vida, o por simple “ignorancia», para conformarse con lo que tienen.
En su forma más básica, la frase “el pobre es pobre porque quiere” sugiere que la pobreza es una elección, una decisión consciente de llevar una vida de privación material. Sin embargo, esta simplificación extrema pasa por alto la complejidad de las vidas humanas y de las circunstancias que las rodean. La pobreza no puede ser reducida a una cuestión de deseo personal, yace en el cruce de factores sistémicos, sociales y económicos.
Cada persona nace en un entorno único, con circunstancias y oportunidades muy diferentes. Las circunstancias que pueden afectar la trayectoria económica de una persona incluyen la falta de acceso a una educación de alta calidad, la discriminación sistémica, la falta de empleo adecuado y los problemas de salud. Argumentar que los pobres son pobres por elección ignora estas verdades y culpa a las víctimas, en lugar de considerar las estructuras injustas que con frecuencia mantienen la pobreza.
Un argumento contundente en contra de esta afirmación es el papel significativo que desempeñan las circunstancias heredadas en la perpetuación de la pobreza. Las oportunidades y desventajas que uno enfrenta en la vida están en gran medida influenciadas por la posición socioeconómica de sus padres y antepasados. Esto significa que las personas nacidas en familias pobres a menudo enfrentan un camino más empinado hacia la movilidad económica.
En muchos casos, la pobreza está arraigada en sistemas económicos y sociales injustos que favorecen a unos pocos a expensas de muchos. La desigualdad de ingresos, la falta de oportunidades equitativas y la explotación económica son factores que contribuyen a la perpetuación de la pobreza. Cargar la responsabilidad exclusivamente en el individuo es pasar por alto las cuestiones sistémicas subyacentes.
Detrás de la frase «El pobre es pobre porque quiere» a menudo se esconde una falta de empatía y comprensión hacia las luchas y desafíos que enfrentan las personas en situación de pobreza. La realidad es que la mayoría de las personas desean una vida mejor para sí mismas y para sus seres queridos, pero enfrentan obstáculos significativos en su camino.
En última instancia, la afirmación de que «El pobre es pobre porque quiere» carece de lógica y profundidad. Es una simplificación que ignora la complejidad de la pobreza y las diversas fuerzas que la impulsan. Para abordar eficazmente la pobreza, es fundamental alejarse de la culpa individual y abrazar un enfoque más compasivo y estructural que reconozca las circunstancias personales, las desigualdades sistémicas y las injusticias económicas. En lugar de juzgar, debemos buscar soluciones que aborden las raíces profundas de la pobreza y promuevan una sociedad más equitativa y justa.

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