Andrei González Fernández
“La vida ofrece un bello paisaje de fondo, pero sobre él se desarrollan miles de hechos tristes e inmundos”, Juan José Arreola
Desde una perspectiva propia, siempre tratamos de encontrarle un sentido a la vida. Sobre todo, pensamos en encontrar una cierta ‘’ felicidad’’ y, por lo que he observado, muchos nos fijamos en tres cosas para obtener este sentido de vida: dinero, salud y alimento.
Tener esas tres cosas es un reto difícil, más que el tener dinero, hace referencia a poder pagar lo que es necesario día con día. Hay personas que pueden lograr todas estas cosas, otros nos encontramos en situaciones medias y finalmente la mayor parte de la población entra un nivel debajo de ese requerimiento, pues un estudio determinó que un 43.9% de la población, equivalente a 55.7 millones de personas, se encontraban en pobreza y un 8.5%, 10.9 millones de personas, estaban en un estado de pobreza extrema.
Por esta vez no nos dirigiremos a la cuestión económica, sino a la social, algo en lo que estoy más familiarizado. Como sabemos, en todas partes del mundo hay diferentes secciones sociales, esto se refleja más en las ciudades, ya que son espacios más reducidos y con mejores vistas en estos sentidos.
Yo habito en una comunidad cercana a Los Lagos, un lugar lindo, cálido y que por las noches recibe a bastante gente. Se pueden encontrar lugares muy estéticos y es una zona donde hay muchas opciones para poder comprar productos, un espacio con diferentes tiendas: Oxxo, X24, Fasti, Neto etc. Al igual con restaurantes, mini locales, entre otras cosas.
Pero también nos encontramos con una zona más de “barrio”, si así podría decirse: en cada esquina nos podemos encontrar señores con problemas de alcoholismo, otros que lamentablemente consumen otro tipo de sustancias y, finalmente, unos que no tienen hogar. Señores que solo buscan un espacio para descansar y convivir con otras personas. Me di a la tarea de buscar la taza social con estos problemas y obtuve los siguientes resultados. 1. Alrededor de 20 millones de personas sufren de alcoholismo, 2. Unos tres millones de personas tienen problemas de drogadicción y, finalmente, 4. 14 millones de personas se encuentran sin hogar.
Todas las mañanas, saliendo de casa, me dirijo a la parada a tomar la combi; normalmente me encuentro con un amigo mío, un señor ya grande, como de 40 o 45 años. Él siempre se encuentra del otro lado de la banqueta y, cada que me ve, me comenta ‘’ Adiós, papá, que te vaya bien en la escuela’’, por lo cual le doy las gracias, le deseo los buenos días y sigo con mi camino, pero siempre avanzo pensando qué será de él durante el día. Sí, yo voy a estudiar, previamente dormí en una cama acogedora, con una cena antes de dormir, por las mañanas me llevo mi desayuno y sé que regresando a casa podremos hacernos de comer. Pero él… Él siempre duerme en la calle, con una cobija delgada que le regalaron, su colchón no es de látex, sino de cartón, de esos que son de cereales, y la comida es en lo último que piensa, su ración diaria es el alcohol, una enfermedad muy complicada de vencer.
A pesar de la situación en la que está, es un señor amable, educado y sumamente respetuoso, algo que hoy en día es difícil encontrar en alguien. Me ha tocado observar como la gente va pasando frente a él y su reacción principal es saludarlos, con una sonrisa que jamás había visto antes: después de todo lo que vive, entrega un poco de su energía en saludar a todo aquel que se cruza en su camino. Algunos de ellos le devuelven el saludo de manera generosa, otros solo hacen un gesto, algunos cuantos lo ignoran, pero la gran mayoría lo ven feo, lo observan como si él hiciera algo malo. Parece que no tener gente que te apoye, no tener un hogar, no tener ropa y tener problemas de alcoholismo te hace mala persona. Sin embargo, con toda aquella discriminación, él hace lo mismo todos los días y así empezaron nuestros saludos diarios. Todas las mañanas me lo encuentro en la calle, me saluda y sigue platicando con sus amigos que están en su mismo estado.
Una tarde en particular, iba rumbo a casa, en cuanto lo vi, me acerqué a él, le di la mano (como habitualmente lo hago). Estrechar la mano es uno de los mejores saludos, pero a la vez es uno de los más complicados, pues la gente no le toma la mano a cualquiera sin antes observársela. Volviendo a la anécdota, posterior a saludarlo, noté algo raro, estaba pálido y con los ojos rojos, analicé la situación un momento, cuando me dirigió la palabra con un “siento que me voy a morir”. Rápidamente corrí a la tienda, le llevé unos panes y una coca, ya que le había bajado la presión, fue difícil ver aquello que sucedía, estaba temblando de escalofríos, no podía mantener ni la mirada, pero algo aún más impresionante fue observar a la gente, a la que normalmente saluda este hombre, pasar, que vieran el señor casi desmayándose, e ignorarlo.
“La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”, Eduardo Galeano.
La gente que pasó lo conocía, lo saludaba y, con todo eso, optaron por ignorarlo. Esta frase nos entrega un mensaje contundente, la caridad es un gesto de quien tiene para alguien que no lo tiene. En cambio, la solidaridad es empatizarse e involucrarse, comprender que todos somo iguales, algunos nacen con ciertos privilegios, pero no tienen derecho de discriminar a otros.

En una ocasión me encontraba platicando con él, me comentaba cómo se había lesionado su pierna, le costaba mucho caminar y, aun así, cuando lo saludaba, él se cruzaba con tal de estrecharme la mano, por lo tanto, empecé a hacer lo mismo. Fue lindo saber como él, en la situación en la que está, hacia ese tipo de actos. La mayoría de veces lo encontraba borracho, aunque no le afectaba que lo viera así, pero sí le da vergüenza que los niños lo vieran “me da pena que me vean así de mal, ¿qué les enseño con esto?”, me decía, por lo que decidí responderle con un “les enseñas a saludar y a ser respetuoso”; me sonrío. Ese día fue la única vez que lo vi en esa semana.
Él ya se había vuelto un amigo y comencé a preocuparme cuando ya no lo veía. Hasta que un día viernes, regresando a mi casa, me lo encontré. Antes de verlo, lo recordaba con la barba muy larga y descuidada, previamente me había comentado que para él la barba cuenta historias. El llevar la barba es contar un suceso o situación. Ese día fue una sorpresa verlo, tenía la barba recortada, inmediatamente lo relacioné con una etapa nueva. Como de costumbre, me acerqué, le estreché la mano y lo saludé.
Lo vi diferente, con más ánimos, sin embargo, me dijo que le había dado dengue, por eso no lo había visto antes. Mientras él comentaba cómo iba mejorando, una señora que promociona la religión de los Testigos de Jehová me dijo que me alejara, que podría ser peligroso convivir con él. Yo le comenté que no, que el señor era de las personas más agradables, así que decidí seguir hablando con mi amigo.
“Ni la juventud sabe lo que puede, ni la vejez puede lo que sabe”, José Saramago
Durante la plática, la señora nos veía raro, sobre todo miraba al señor con menosprecio, jóvenes alrededor se cruzaban al otro lado de la calle con tal de no pasar cerca de él. Comprendí que a nosotros como jóvenes nos hace falta entender muchas cosas, muy a pesar de la edad, no entendemos la mayoría de situaciones gracias a que no hemos vivido dichas experiencias, pero fue más impactante ver cómo la señora discriminó al señor, siendo una mujer de religión, cuya principal causa es promover el concepto de que todos somos hijos de Dios o, en este caso, Jehová.
A la sociedad le hace falta empatizar consigo misma, mostrarse respeto y ayudarse. Porque solo nosotros podemos hacer que todo esto cambie.
En cuanto al señor, sé que saldrá adelante. Si para mí fue fuerte ver como la gente lo trataba, no me imagino como fue para él vivirlo como protagonista, pero me gustaría mostrarle como cambió mi perspectiva de la vida en muchas cosas, especialmente ahora que fue el detonante de este ensayo.

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