Andrea Ortega Márquez
Valentina era una niña revoltosa y dispersa. Su mamá estaba preocupada por su dificultad con las palabras, las letras se le enredaban y se le cambiaban, pero a Valentina eso la tenía sin cuidado. Valentina a veces notaba la dificultad con la que arrastraba las palabras, pero otras veces, a su parecer, lo hacía a la perfección y no recibía ninguna mirada que la juzgara. Su mamá a veces la miraba así, ya saben, como reprobándola, no porque no valorara su esfuerzo, más bien porque —como las madres que trabajan comprenderán— a veces se acaban las sonrisas, pesan las palabras y solo queda una mueca de desconsuelo.
—Valentina, vamos a dejar en paz a esa pobre muñeca, venga, practiquemos tu pronunciación.
—¡No quedo, yo quedo id a patio con el pedo!
—Es “perro”
—Pedo
—¡Perro, Valentina, mira mi boca PE-RRO!
—Pedo
—Perro
—Pedo
—Perro
—Pedo
—¡Ya!, de acuerdo, vamos a seguir con los ejercicios.
Un día, cuando la mamá regresó del trabajo, lo comprendió todo.
—Necesitamos una niñera.
Era martes. A las seis de la mañana, Valentina desayunaba apenas despierta y con el pelo revuelto, cuando escuchó que tocaban la puerta. No dejaron a Valentina acercarse, así que siguió desayunando sin mayor preocupación.
—Vale, ven para acá, te voy a presentar a alguien.
Valentina se quedó absorta al ver a una mujer hermosa y llamativa. Tenía un rostro cálido y cariñoso; era alta, usaba un suéter tejido de color morado brillante, su pelo estaba en un chongo sostenido con una pinza amarilla.
—Hola, dulzura, tú debes ser Valentina —dijo la mujer, mientras le ofrecía una cálida sonrisa. Valentina respondió al gesto de manera inconsciente con una aparatosa sonrisa de oreja a oreja. En ese momento, la niña se percató del enorme bolso, que más bien sería una maleta, que cargaba la mujer
—¿Qué es eso?
—Son mis cachivaches.
—Vale, ella es Laura, ella va a ser tu nueva niñera.
—¿Y tú dounde vas?
—A trabajar
—¿Y abue amida?
—La abuelita Arminda también tiene compromisos, y ya no se pude mover como antes
—Estoy segura de que encontraremos algo divertido, Valentina —le dijo Laura a la niña que no entendía bien qué estaba pasando.
Valentina se sentía un poco confundida y eso la molestaba, pero esa mujer parecía agradable.
—Beno
—¡Esa es mi chica! —Su madre tomó su termo y su maletín que ya había acomodado en un espacio de la habitación.
—Bueno, Valentina, tu mamá me dijo que tienes algunos problemas con las palabras, qué te parece si…
—¡No! —gritó Valentina.
—¿Qué?
—No quedo
—No quieres qué, Valentina
—Estudia
—Okey, vamos a hacer un trato. Vamos a jugar, pero tienes que portarte bien.
—¡’ta bien!
Jugaron a las muñecas. Valentina se sorprendió cuando Laura lo propuso, pero no opuso resistencia. Las muñecas de Valentina eran, por así decirlo, de uso rudo, tenían brazos zafados y les faltaba ropa. Laura tomó una de las más cuidadas, le puso ropa y alisó su cabello con la mano. Valentina escogió una de las más maltratadas y le colocó un divertido sombrero.
—Mi muñeca se llama Ramona y le gustan las plantas y las flores, en especial las rosas.
—La mía es Tif
—Bueno, Tif, tienes un sombrero muy elegante.
—¡Gracias, Lamona!

Jugaron durante horas y después comieron sopa.
—¿Te gusta la sopa?
—Sí, ¡me’ncanta! ¿Depué podemo juga más?
—¿Qué te parece si te leo un libro?
—¿De piratas?
—No tengo ninguno de piratas. ¿De dragones?
—¡No!
—¿De una princesa?
—¡Sí!
Valentía permaneció atenta a la historia, rieron y después hablaron del cuento y del apuesto príncipe. Cuando su mamá llego, Valentina salió corriendo a abrazarla, Laura se despidió y las dos la vieron irse alegremente. Esa rutina se repitió durante un tiempo, Valentía reía y se desplazaba, incluso corría, lo que antes no le gustaba tanto, porque le parecía que era muy lenta. De vez en cuando hacían actividades que no eran divertidas, pero casi siempre jugaban.
—Linda gallinita loja que vivía en una ganja con sus trrr-es pollitos y sus amigos el cerrrdo, el pato y el gato. Un día, mi-en-trrras escarbaba la tiera, la gallinita loja se encontró un grrrano de tligo…
—¡Vas muy bien!
—Ya me cansé
—Puedo leer una parte, pero después vas a tener que seguir tú.
Todo iba de maravilla y Laura estaba tan ilusionada que decidió dar un pequeño paseo. Salieron a la calle a soplar unas burbujas que ella traía en su bolso de cachivaches.
—¡Mira, es enorme!
—Sííí…
Laura se da la vuelta un segundo para ver cómo una de las burbujas sale volando. De repente, silencio. ¿Dónde está, donde, no está, no…? Valentina podía ser un poco lenta, pero era pequeña, silenciosa y escurridiza, a veces sin intención.
A una calle de distancia del parque, Valentina perseguía una burbuja. Imaginaba que ella era un ave que flotaba con la burbuja, imaginaba cómo el viento movía sus plumas y cómo se elevaba sobre los árboles.
—¡Valentina!, estoy muy enojada contigo. ¿Cómo se te ocurre hacer eso? No puedes alejarte de mí cuando estamos afuera. ¡Es muy peligroso!
—¡Pedo!
—Valentina, saliste…
—¡Perrrrro! —La niñera se da la vuelta para encontrar a un perro gruñendo, enojado.
—Valentina, camina hacia la casa y no cierres la puerta
Valentina caminó hacia su casa. Su niñera la siguió con pasos lentos, como cuando ella aprendía a caminar. El perro no las siguió, pero las miró alejarse lentamente. Vale camina a su paso normal. Cuando llega, deja la puerta abierta, la niñera se desliza dentro y cierra de un portazo.
—Bueno, parece que estás mejorando tu pronunciación.
Laura se fue para instalase en Chiapas. Poco después, Valentina se puso sumamente triste. Le encantó tener a alguien con quien hablar y jugar. Su mamá se quedó muy agradecida, sabía que lo que había hecho no era fácil y que había ayudado a Valentina para toda la vida.

Deja un comentario