Leonardo Soto Hernández
Un día, caminando por el bosque, un hombre llamado José se encontró con un anciano quien, de manera inesperada, le obsequió una planta medicinal. Casi en forma de presagio, el desconocido le aconsejó: “Cuídala como un tesoro valioso, puede que te sirva en un futuro».
La planta, sin embargo, tenía un aspecto muy diferente al de un tesoro: estaba seca y fea, parecía que se había marchitado. José se dejó llevar por el desagradable aspecto de la planta, así que la abandonó pensando que esta era inservible.

Muy confiado, se acostó a dormir esa noche, pero a la mañana siguiente se despertó con un fuerte dolor en su garganta, con fiebre y tos. Las semanas pasaban y José no mejoraba. Acudió a diferentes doctores, pero ningún tratamiento funcionaba.
Desesperado, visitó a los sabios del pueblo. La respuesta lo dejó helado: «Para curarte necesitas beber el té de una hierba muy rara, su aspecto es seco y parece marchita. Sólo crece una vez al año en medio del bosque y hace mucho tiempo que nadie ve una”.
En seguida José recordó al desconocido que le había regalado esa misma planta y también recordó que la había abandonado debido a su aspecto, pensando que no le serviría. “Si tan solo no hubiese sido tan superficial”, pensó para sí.

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