Isabel Mandujano Ortiz
Rodri era un pequeño duende que vivía en un pequeño mundo llamado Palilundia, en donde los duendes y los caracoles viven en armonía.
La vida en Palilundia es muy tranquila, casi no existen las peleas, y cuando hay alguna discusión, al final todos se contentan compartiendo unos hongos asados, riendo al lado de fogatas, mientras alguien toca una guitarra de fondo.
Parece un mundo perfecto, sin embargo, ese estilo de vida estaba logrando que el duendecillo Rodri tuviera un problema: no había aprendido a solucionar conflictos de otro modo, más que haciendo hongos asados al lado de una fogata. De todas formas, ¿en qué le afecta si vive en el mundo mágico llamado Palilundia?
Sus días eran rutinarios. Rodri salía todas las mañanas a buscar piedras rosas en el bosque para agregarlas a su pequeña-gran colección, en las tardes regresaba a casa para tomar limonada y hablar con su amigo Estefanito, un caracol, y en la noche se dormía a las 10.
Un día, después de recolectar piedras, regresó a su casa para tomarse su rica y refrescante limonada, y hablar con su pequeño amigo caracol, eso sí, no se imaginaba el tipo de conversación que iban a tener.
—Oye, Rodri, ¿no quisieras acompañarme un día a un viaje místico, mágico y divertido? —Le preguntó el caracol mientras tomaba un sorbo de su limonada.
—¡Claro, suena divertido! ¿A dónde quisieras ir? —Contestó con intriga y algo de emoción. No le había contado a nadie, pero las piedras no lo emocionaban tanto como solían hacerlo y temía que los demás lo descubrieran, ¿qué dirían de él si justamente es conocido por su gran colección de minerales rosas?
—Hmm.. —Su amigo fingió pensarlo un poco— ¿Qué te parece si vamos a descubrir qué hay al otro lado del Lago Brillante? —Propuso con emoción.
El Lago Brillante era muy conocido por todos los habitantes de Palilundia. Nadie sabía qué se encontraba del otro lado, por eso varios inventaron historias místicas sobre lo que pensaban que encontrarían si llegaran más lejos de ahí. El pequeño Rodri creció con cuentos sobre las sorpresas que su mamá se imaginaba en ese lugar que parecía tan lejano, así que, al escuchar la propuesta, no tardó en alegrarse.
—¡Me encanta la idea! ¿Cuándo nos vamos?”
—¡Mañana! —Respondió su amigo con demasiada emoción, tirando un poco de su limonada.
—¡Va! —Accedió el pequeño Rodri.
Esa noche, antes de dormir, el simpático duende preparó, con bastante ilusión, su mochila para el viaje. ¿Qué podrían encontrar al otro lado del Lago Brillante?, ¿acaso descubrirían nuevas flores, nuevos seres?, ¿volverían con una crisis existencial de la cual no van a poder salir y sus vidas no serían las mismas?
Cualquier opción sonaba realmente emocionante, tanto, que casi no podía dormir.
El esperado día llegó, los amigos acordaron empezar su aventura temprano en la mañana, se encontraron en un arbusto singular por tener frutos azules en lugar de rojos, y empezaron su camino.
Los pequeños aventureros especulaban y platicaban sobre lo que pensaban encontrar cuando llegaran, mientras rodeaban el gran y enorme lago.
—¿Tu crees que ya hemos llegado al otro lado del Lago? —Preguntó con intriga y algo cansado el caracol.
—Supongo que sí —Le respondió Rodri —Mira, vamos a sentarnos en esa piedra grande para descansar un poco, ¿tienes hambre? —De su mochila logró sacar unas pequeñas botellas con limonada y una pequeña bolsa hecha de hojas que contenían frutos rojos.
Mientras que Rodri y Estefanito descansaban y comían, escucharon ruiditos que provenían de los arbustos que estaban atrás de ellos, pero no les hicieron caso. Hasta que los ruiditos empezaron a sonar como fuertes pisadas. Estefanito empezó a sollozar.
—¿Qué.. qué es eso? —Preguntó con voz temblorosa, mientras tomaba un fruto rojo, dispuesto a comerlo sin apartar la vista de los arbustos de donde venía el escalofriante sonido.
—La verdad no tengo idea —Respondió Rodri intentando sonar calmado, pero en realidad se moría de miedo en su interior.
Ambos amigos se quedaron viendo hacia atrás. Los ruidos eran más fuertes, el movimiento más agresivo y la cosa curiosa se acercaba a ellos.
Hasta que, sin previo aviso, una mancha salió disparada de los arbustos y aterrizó a unos centímetros de sus caras.
Se trataba de un.. ¿canguro? Tenía patas como uno y saltaba bastante alto. Pero ese canguro era algo… pequeño, tenía orejas de ratón, una cola de conejo y patas de gato. Era de color lavanda.
—¿Podría ser tan amable… Cosa extraña… de decirnos quién es? —Preguntó Rodri de la forma más educada que se le hizo posible.
La nueva criatura ladeó la cabeza en confusión, emitiendo un sonido algo curioso, algo como prriii… Ambos amigos se quedaron helados.
—¡¿Qué dijiste?! —Preguntó, casi gritando, confundido, el caracol, ganándose un pequeño sape de parte de su amigo.
—¡No seas grosero! —Le reclamó.
Rodri se acercó con cuidado a la nueva criatura para que no se asustara y, sigilosamente, le ofreció un fruto. La curiosa criatura olfateó la comida y se dispuso a comerla, moviendo su pequeña colita que parecía de un conejo.
—Tú sí que eres una cosa extraña —Habló Estefanito, ganándose una mirada fulminante de su amigo.
La criatura extraña ladeó su cabeza una vez más. “Priiuuuu”, emitió de nuevo. Los tres se quedaron en silencio.
—Ok. Necesitamos encontrar una forma de poder hablar con este ser —Rodri se sentó en el piso y habló con voz suave— Me queda claro que hablando mi lengua no podremos entendernos. Estefanito, ¿me pasas esa hoja, por favor?
El caracol le pasó una hoja seca que cayó de un árbol cercano. El amigable duende reventó un fruto rojo y usó su pulpa para escribir un hola con ayuda de su dedo. Se lo ofreció al pequeño amiguito para ver si así lo entendía y…
—¡Se lo comió! —Gritó Estefanito.
—¡Shhhh! —Lo silenció Rodri— ¡Lo vas a espantar!
El duende le pidió a su amigo otra hoja, reventó otro fruto e intentó dibujarlos a ellos dos. Sin embargo, nuestro querido Rodri no sabía dibujar y terminó creando más manchas que trazos. Dibujar tampoco era una opción.
—Parece que esta cosa es algo tonta —Habló el molusco, acostándose sobre la gran piedra, dispuesto a descansar un poco.
Rodri no se iba a dar por vencido, pensó, por varios minutos, en alguna otra forma de comunicarse, mientras observaba a la cosa comer más frutos.
—¡Estefanito! —Habló de repente el duende, espantando el sueño de su amigo.
—¡¿Qué?!
—¿Cómo se llama eso que haces con soniditos y puntos?
—¿Eh?
—¡Sííí!, ¡Eso que suena como pi pi pipi piiiiii y escribes puntitos y rayitas!
—¿Código morse?
—¡Sí, eso! —Su cara se iluminó— ¿Puedes decirle algo en morse?
—¿Para qué?, estoy seguro de que no lo va a entender —Respondió mientras se volvía a acomodar en la piedra, dispuesto a ponerse a dormir de nuevo— ¡Ouch! —Rodri le había aventado una piedra pequeña en la espalda— Está bien —Rodó los ojos, se levantó con mucha pesadez y empezó a parpadear.
—¿Por qué parpadeas en lugar de hacer ruiditos?
—Porque no se me da la gana y…. me es más fácil usar código morse así.
Estefanito parpadeó una, dos, tres veces. Cerraba los ojos y los volvía a abrir. Se tomaba pausas, creaba combinaciones de parpadeos y cerradas de ojos que confundían un poco a Rodrigo. La criaturita miraba con atención y, sorpresivamente, ¡le respondía con pestañeos también!
—¡Wow! Parece que entiende bastante bien —Le dijo a Rodri—¿cómo te llamas? —Explicaba en voz alta lo que le decía.
..-. ..- -.. .- -. .. – —
—Se llama Fulanito —Le informó a Rodri.
El mencionado se sorprendió y no pudo evitar emocionarse
—¡Enséñame código morse! ¡Hay que llevarlo a casa!
—¡Un momento, no podemos secuestrarlo! —Reprochó el caracol— ¡Esta cosa seguro tiene familia!
—Pregúntale si quiere acompañarnos a casa —Ignoró el regaño de su amigo
—¿Si quiera me escuchas?
—Te escuché, le ando pidiendo permiso. ¡Mira lo tarde que es! —De tanto descubrir a la criatura se estaba empezando a oscurecer— Está bien —Accedió con desgana. Parpadeó y parpadeó mientras que Rodri miraba a ambos interactuar— Dice que sí.
—¡Vamos!
Rodri, Estefanito y su nuevo amigo Fulanito empezaron con su aventura de regreso a Palilundia.
—¿Qué traen ahí? —Preguntó la hermana de Estefanito.
—¡Es nuestro nuevo amigo! —Respondió inmediatamente Rodri
—¡Sólo sabemos comunicarnos con él por código morse!
—Eso no me lo esperaba
—Tampoco yo —Estefanito suspiró— Me tienen como intérprete sin sueldo o descanso.
—No te quejes y comamos la cena —Le respondió el duende entrando a la casa ajena.
Los ahora cuatro empezaron a cenar, platicando de muchas cosas con un gran ánimo.
—Me alegra saber que tu mamá se encuentra mejor —Le dijo Estefanito a su hermana.
—Gracias, pero no olvides que es nuestra mamá ahora —Respondió ella con una sonrisa cálida.
—¡Pregúntale a Fulanito de su familia! —Interrumpió Rodri. El nuevo intérprete, estando de buen humor, procedió a hacer la pregunta.
-. — / – . -. –. —
Y el silencio se hizo presente junto con una ola de tristeza y una expresión afligida en el rostro del caracol.
—Fulanito… No tiene familia…
Rodri no pudo evitar sentirse triste por la noticia y se puso a pensar
—¿Qué le parece si se queda a vivir conmigo? —Dijo con tristeza, pero con un poco de esperanza— Así nos hacemos mutua compañía y empezamos una nueva vida.
—Le voy a preguntar
Otro silencio se hizo presente. La angustia y los nervios consumían a Rodri mientras miraba atentamente a Fulanito en busca de una respuesta.
Los segundos parecían horas y Rodri estaba a punto de cambiar de opinión cuando de pronto sintió un pequeño pelaje suave en su regazo. La criatura lo estaba abrazando, sintiéndose muy feliz por la propuesta y aceptándola.
—Creo yo que ese es un sí —La hermana caracol habló. La tristeza se desvaneció para dar lugar a la tranquilidad y la felicidad que sentían todos en ese momento.
A partir de ese día, ya no existió la casa de Rodri, sino el hogar de Rodri y Fulanito.


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