Maru Uribe
Todos deseamos una vez en la vida crecer y madurar, dejar de ser pequeños y poder hacer lo quisiéramos, no ser ordenados ni obligados. Pero la realidad es que jamás nos dejarán libres. En esta vida, nadie se permite ser libre y feliz, cada adulto es obligado a ceder y callar por alguien más, por sus amigos, por su familia, para conservar un trabajo, un poder, para no dañarse a ellos mismos.
El madurar nos enseña que el amor cambia. Eso que antes nos daba fuerza y calor, ahora nos obliga a detestar a otros, el amor se convierte en odio. Las acciones que de odio se disfrazan de algo que creímos que sería amor. Estamos tan podridos por dentro, que, si no podemos ser felices, preferimos hacer a otros sentirse igual de miserable que nosotros.

Veo todo eso en las calles, las casas; veo como una simple acción inocente y pura desencadena odio y envidia en el mundo; veo como marchitamos almas jóvenes por egoísmo y resentimiento. Si nosotros no somos felices, nadie podrá serlo.
Cuando somos niños queremos crecer, disfrutar, envejecer, mas no morir. Este deseo prevalece durante la juventud hasta que te sientes tan miserable, que tu único anhelo es el perecer, pero ya no puedes, no puedes descansar, no puedes huir, no puedes esconderte de la vida y tampoco de la muerte. Así que quedamos niños resentidos y desesperados de encontrar la manera de volver a desear crecer.
Por eso envejecer asusta tanto. ¿Cómo puede ser que muera sin ser feliz?

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