Odio el océano,
odio el mar,
odio el vaivén de las olas
y odio el olor a sal.
Por eso estoy en la orilla, firme como una escollera,
en el mismísimo muelle que me acogió ese día.
Glorioso día en el que llegué al litoral,
Glorioso día en que el barco atracó,
Sí, glorioso día…
Todavía tengo la cicatriz,
el rasguño en mi brazo de aquella vieja bisagra.
Me pregunto si ya habrán reparado aquella vieja bisagra,
me pregunto si el mar ruge y ellos retumban.
¡Oh, viejo amigo! No cedas ante las olas.
Sostente con ese antiguo mástil al que le sobran historias.
Viejo hermano,
resiste y resguarda tu regalo
que nos mantuvo cuerdos en los días fríos.
¡Sofía,
sostente!
¿Y yo a qué me voy a aferrar?
¿Este muelle se quebrará?
¿La casa que me cuida cederá ante el violento?
Cuánto odio el olor a sal.
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